Desierto. Allí fue empujado Jesús por el Espíritu y allí eres tú también llevado para vivir la Cuaresma, para salir de tu vida cotidiana, rutinaria, quizás cómoda... y emprender la aventura de 40 días, imitando la misma experiencia de Jesús en el desierto, encontrando “caminos nuevos” por donde luego salir al mundo de forma diferente como seguidor de Cristo.El desierto es lugar de encuentro con el Señor, escenario privilegiado para fortalecer la relación con Él, y lugar de tentación, donde brotan los fantasmas, los miedos, las heridas, las incongruencias, los fallos y debilidades… Quien no tiene miedo a vivir, alguna vez, en el desierto, sale transformado de una u otra manera.
Al desierto va uno como Elías, a reencontrarse con Dios, a huir del peligro de contaminarse en un mundo que prácticamente ha claudicado mucho de mirar al Verdadero Dios. En el desierto, déjate seducir de nuevo por Él, el Dios ‘semper maior’...
"El desierto lleva en sí el signo de la aridez, del desasimiento de los sentidos, tanto para la vista como para el oído; lleva en sí el signo de la pobreza, de la austeridad, de la sencillez más absoluta; el signo de la total impotencia del hombre que descubre su debilidad porque no puede subsistir en el desierto y se ve obligado a buscar su fuerza y su amparo en Dios sólo. Por otra parte Dios es quien lleva al desierto, porque el espíritu no puede ser mantenido allí sin ser sostenido directamente por Dios. Para ir al desierto hay que creer que Dios puede venir a encontrarnos en la oración" (R. Voillaume).












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