Un gran silencio envuelve el mundo. Una sensación de vacío nos embarga en este día extraño, vaciado de Dios. La muerte no suelta fácilmente su presa. Este día representa la distensión temporal en la que parece que el mal triunfa y que los ideales son sueños de imposible cumplimiento. La Palabra ha sido acallada. De ahí el estruendoso silencio. La Vida ha sido aplastada y con ella la Justicia ha sido traicionada y la Verdad falseada. ¿Ha muerto también la esperanza?El vacío y el silencio que nos envuelven son la promesa de una Palabra nueva y nítida. El frío y la oscuridad que paralizan el alma alimentan la esperanza de un fuego que nos ha de calentar e iluminar en la noche. La descomposición y la podredumbre de la muerte nos hacen ansiar el agua que purifica y limpia y nos hace renacer a una vida nueva.
En este día de silencio, vacío y frío, como los discípulos de antaño, permanecemos a la espera y en vela junto al sepulcro. Porque nuestro corazón desgarrado nos dice que esta muerte por amor no es un punto final. Muchas evidencias nos hablan en contra. Pero, junto al sepulcro, seguimos en vela y esperamos.











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